—Yo no necesito conspirar—dijo el rey—; el día que quiera, Lerma caerá; pero Lerma me sirve bien. Os tenía quejosa, señora, pero el duque me ha hablado largamente. Le tenía engañado don Rodrigo Calderón.
—¿Y cómo ha sabido el duque que don Rodrigo Calderón le engañaba?
—Le han avisado... no sabe quién... pero tiene pruebas; al conocer su engaño, Lerma se ha apresurado á repararlo. Debéis, pues, perdonarle; señora, perdón merece quien confiesa su error, y perdonar también á la buena duquesa de Gandía, que es una pobre mujer, cuyo único delito es ser excesivamente afecta al duque... me lisonjeo en creer que empezamos una nueva era... enviaremos un respetable ejército á Flandes contra la Liga, arreglaremos nuestros negocios con Inglaterra, y nos haremos respetar.
El rey repetía palabra por palabra lo que le había dicho Lerma.
La reina y el padre Aliaga callaron, porque sabían que en ciertas ocasiones era de todo punto inútil, y sobre inútil, perjudicial, el contrariar á Felipe III.
En aquellos momentos, éste se estaba haciendo la ilusión de que era un gran rey.
—No sé, no sé qué os he oído hablar de cierto hidalgo á quien decíais vos, señora, que debíamos mucho: lo oí al abrir la puerta, pero me pareció sentir pasos en el corredor secreto y me volví... debió ser ilusión mía, porque los pasos no se repitieron; pero cuando me volví de nuevo hacia vosotros, ya no hablábais del tal hidalgo.
—Hablábamos de un sobrino del cocinero mayor de vuestra majestad.
—¡Ah! ¿del buen Montiño? ¿y ese mozo, es tan buen cocinero como su tío?
—Sabe á lo menos manejar la espada tan bien como su tío las cacerolas—, contestó la reina procurando serenarse, porque la había turbado la imprevista pregunta del rey.