Apareció la condesa de Lemos, que, por enfermedad de la duquesa de Gandía, desempeñaba accidentalmente las funciones de camarera mayor, como primera dama de honor.

—Id y decid á doña Clara Soldevilla, mi menina, que venga—dijo la reina, haciendo un supremo esfuerzo para que no se trasluciese en su semblante la agonía de su alma.

El padre Aliaga se puso literalmente malo.

La condesa de Lemos dejó caer el tapiz de la puerta de la cámara.

Sólo una casualidad podía salvar á la reina de ser cogida de una grave mentira por el rey. La reina, por instinto, se conservaba serena.

—Es extraño... es extraño todo esto—dijo el rey—; y, sin embargo, siendo así, no extraño que doña Clara, agradecida... ella tiene unas ideas talmente de dama de comedia... Bien, muy bien... si se aman... los casaremos... ennobleceremos á ese hidalgo cuanto sea necesario, pretextaremos un gran servicio... mentiremos un poco, á fin de que Ignacio Soldevilla no se ofenda... Dios nos perdonará esta mentira.

—Yo creo—dijo la reina con intención—que cuando se miente para salvar grandes intereses, no se peca; el padre Aliaga, que está presente, y que es muy teólogo, puede decirnos...

—Señora—se apresuró á decir el padre Aliaga—, hay ocasiones en que el no mentir sería un crimen.

—¿De suerte que—dijo el rey, que en asuntos de conciencia era muy escrupuloso—la mentira puede, y aun debe usarse, según las circunstancias?

—Indudablemente—dijo el padre Aliaga—; veamos el caso actual; hay que engañar á un hombre... á Ignacio Soldevilla, para evitar grandes males. Debe engañársele, el fin es bueno; el tósigo se emplea comúnmente como medicina.