—Pero, ¿qué grandes males amenazan?
—Supongamos que doña Clara ame... como suelen amar al cabo las que han llegado á cierta edad sin conocer el amor... que se obstine... que no pudiendo lograr su amor por buenos medios...
—Basta, basta; ahora comprendo que debe mentirse, que es una obligación mentir en ciertas ocasiones.
—Además—dijo la reina—de que para honrar á ese joven no es necesario mentir.
—¿Nos ha prestado algún servicio?—dijo el rey.
—¡Oh, importantísimo! ¿recordáis, señor, las dos cartas escritas por el conde de Olivares y el duque de Uceda á don Rodrigo Calderón, que os di á leer anoche?
—¡Oh, sí! cartas que yo he dado á leer al duque de Lerma.
—Y que han causado la variación que se nota en el duque.
—Indudablemente.
—Y que han hecho que el duque se deje de favoritos y venga á buscar la fuerza en el rey.