—No... no...—se apresuró á decir el rey—de ningún modo. ¿Y está... en mucho peligro nuestra buena doña Clara?

—Está recogida al lecho, señor—contestó la de Lemos—. Además, permítame vuestra majestad que le dé un mensaje importante.

—Pero pasad, pasad, doña Catalina—dijo el rey—; vos sois algo más que un ujier.

—Gracias, señor—dijo la de Lemos entrando, deteniéndose á una respetuosa distancia y haciendo una reverencia á los reyes.

—¿Y qué mensaje... tan importante es ese?—dijo el rey.

—Don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, señor de la torre de Juan Abad, y secretario del virrey de Nápoles, solicita urgentemente y para asuntos graves, una audiencia de vuestra majestad.

—No me dejarán parar—dijo el rey con disgusto—. ¿Y quién ha dicho á don Francisco que yo estoy aquí?

—Le he visto tan afanado buscando medio de hablar á vuestra majestad; me ha encarecido de tal modo la importancia del asunto que le mueve á pedir una audiencia inmediata á vuestra majestad, que siendo quien es don Francisco, he creído de mi obligación...

—Pues bien, doña Catalina, decid á don Francisco que se presente á los de mi cámara; yo daré orden... le recibiré...

La condesa de Lemos se inclinó y salió.