—Ya lo veis, mi muy amada Margarita: el rey se lleva al esposo—dijo don Felipe—; pero os dejo en buena compañía; adiós, tengo cierta impaciencia para saber lo urgente que me trae don Francisco... están pasando por cierto cosas extraordinarias... Adiós... adiós...
Y el rey se levantó y saltó por la puerta secreta.
—¡Oh, qué Angel de la Guarda nos ha salvado!—exclamó la reina.
—Un milagro de Dios, señora—dijo el padre Aliaga.
—Sí; sí, Dios se vale de los hombres... pero dejadme sola, fray Luis, tengo sospechas... quiero averiguar... al salir, decid á la condesa de Lemos que entre.
El padre Aliaga se levantó, besó la mano que le tendió Margarita, sin atreverse á posar demasiado los labios sobre ella, y salió.
El infeliz había sufrido toda una eternidad de tormentos durante el tiempo que había pasado en la cámara de la reina.