EN QUE SE EXPLICARÁ ALGO DE LO OBSCURO DEL CAPÍTULO ANTERIOR, Y SE VERÁ CÓMO DOÑA CLARA ENCONTRÓ UN PRETEXTO PARA FAVORECER EL AMOR DE JUAN MONTIÑO, Á PESAR DE TODOS LOS PESARES
Apenas había salido el padre Aliaga de la cámara de la reina, cuando entró la condesa de Lemos.
—¿Qué enfermedad padece doña Clara?—dijo la reina.
—Ninguna, señora—contestó doña Catalina—; doña Clara está sana y buena esperando en la saleta.
—¿Qué significa, pues, vuestra mentira?
—He creído que debía mentir.
—¿Por qué?
—Contaré á vuestra majestad lo que me ha sucedido: salía yo de la antecámara á llevar en persona la orden de vuestra majestad á doña Clara, porque, por fortuna, vuestra majestad me había dicho terminantemente: id y decid á doña Clara Soldevilla... debía yo ir... y fuí.
—Es cierto... una distracción mía, doña Catalina.
—Vuestra majestad puede disponer de mí como quiera, y siempre honrándome—contestó inclinándose la de Lemos.