Y luego continuó:
—Salía yo, pues, del cuarto de vuestra majestad, cuando encontré de repente junto á mi á don Francisco de Quevedo.—Decid á doña Clara Soldevilla, me dijo, si queréis sacar de un negro compromiso á su majestad la reina, que diga que no puede venir porque está enferma; que os siga, sin embargo, porque su majestad la necesita, y que cuando el rey haya salido de la cámara de su majestad la reina, entre á verla; para que el rey salga, decid á su majestad de mi parte que yo le pido audiencia para un asunto gravísimo, que no he podido encontrar quien me anuncie por la hora que es, y que me valgo de vos. Decid además á su majestad la reina que yo hallaré medio de entretener al rey largo tiempo, y adiós, é id, que urge, y que Dios nos saque en paz.—Tengo yo tal fe en don Francisco de Quevedo, que he hecho á la letra lo que él me ha dicho.
—Habéis hecho bien—dijo Margarita de Austria—, y pues lo que está ahí doña Clara, que entre al momento.
Salió doña Catalina y doña Clara entró.
La hermosa joven se acercó anhelante á la reina.
—¿Qué sucede, señora—dijo—, que la condesa de Lemos me trae consigo á pesar de decir al rey que estoy enferma?
—¡Ah, Dios mío! Déjame respirar, Clara; ¡todavía aquellas cartas, Dios mío!
—¡Pero si las quemó vuestra majestad! ¿Se había olvidado alguna?... ¿Ha aparecido alguna más?
—No, no; pero las consecuencias... Mira, Clara, ve á mi joyero, busca uno de los lazos de diamantes de los seis que sabes... y tráemelo... tráete también unas tijeras.
Doña Clara salió de la cámara por una puerta opuesta á la por donde había entrado y volvió á poco; traía un lacito de oro y diamantes, cuyo nudo podía contener en la parte interior un grueso como de un dedo.