—¡Dame!—dijo la reina con ansia—; dame las tijeras y siéntate á mis pies.

La joven, admirada y confusa, se sentó á los pies de la reina sobre un taburete de terciopelo.

—¡Oh, y qué hermosos cabellos tienes!—dijo Margarita de Austria—; tus cabellos me van á salvar, Clara.

Y la reina deshacía con mano trémula las gruesas trenzas negras de doña Clara.

—¡Oh! Afortunadamente—dijo—, por mucho que te corte no se te conocerá la falta; no te asustes, Clara, no voy á cortarte más que como el grueso de un dedo del centro.

—Córtelos todos vuestra majestad si quiere... Pero no comprendo...

—Ya te explicaré... ¡Perdóname, Clara, si te robo... pero es necesario... necesario de todo punto! Ya está.

Y se oyó el leve, pero característico ruido de las tijeras, que cortaron con trabajo los cabellos del centro de la cabeza de doña Clara.

—¡Oh, Dios mío! Esto es demasiado largo; no puede sacarse un ramal tal de marañas; el pelo de maraña es más corto.

—¿Pero qué maraña es esa, señora?