—Una verdadera maraña que tú sola puedes desenredar.
—¡Yo!
—Tú, sí, y de una manera muy dulce.
—No comprendo á vuestra majestad.
—Casándote con tu caballero de anoche.
—¡Yo!... Imposible... no le amo, no puedo amarle.
—Veamos, veamos, luego trataremos de eso; dime, ¿cómo harías tú para hacer un rizo con estos cabellos que te he cortado?
—¿Un rizo, señora?
—Sí, un rizo para regalarlo á un hombre amado.
—¡Dios mío! Es que á mí nunca se me ha ocurrido ni podía ocurrírseme... de ningún modo... regalar cabellos míos, como no fuese á mi marido.