—Es que tú te casarás, y será tu marido el hombre á quien vas á regalar este rizo.
—Permítame vuestra majestad—dijo con seriedad doña Clara—; vuestra majestad puede disponer de mi vida, de mi alma, pero no de mi honra; yo no haré eso.
—Hagamos, hagamos primero ese rizo—dijo la reina—; tú le guardarás y no se usará de él si tú no quieres. Pero hagámosle.
Doña Clara ató aquel magnífico ramal de cabellos, haciendo con él una ancha sortija, y la presentó á la reina.
—Bien—dijo Margarita de Austria—; ahora sujétale con este lazo.
Doña Clara obedeció.
He aquí una verdadera joya—dijo la reina—. Ahora, siéntate y escucha, y recógete el cabello entre tanto.
Doña Clara se sentó.
La reina, con voz trémula, la contó punto por punto lo que la había acontecido con el rey.
Cuando la reina concluyó guardó silencio, y no pronunció ni una disculpa ni una súplica.