Doña Clara, que se había trenzado y arreglado entre tanto sus cabellos, permaneció largo tiempo en silencio.

La reina estaba llena de ansiedad.

—Me casaré con ese hombre—dijo al fin doña Clara.

—¡Ah! ¡hermana mía!—exclamó la reina arrojándose al cuello de doña Clara y besándola en la boca.

—Yo le amo...—dijo doña Clara con voz conmovida—, pero no sé si es digno de mi amor, no sé si él me ama como le amo yo.

—El se mostraba ardientemente enamorado de ti... le ennoblecerá el rey, procuraremos que el duque de Osuna le reconozca... tú serás feliz.

—¡Dios mío! ¡feliz!... ¡y se ha ido á vivir á casa de una comedianta! ¡y la ha acompañado al teatro y... no me ama... si me amara... no afrentaría mi amor enamorando á una mujer perdida!

—¿Pero quién te ha dicho eso?

—El bufón del rey.

—¿Qué mujer más hermosa y más pura que tú puede él encontrar?... ¿le has desesperado acaso, Clara?