—Sí, señora.
—Pues ve ahí la explicación de esos amores indignos con la comedianta... cuando sepa que tú... quieres ser su esposa...
—Su esposa... lo seré y pronto.
—¡Ah, Clara mía!
—En el estado en que á vuestra majestad para salir de un compromiso imprevisto la han puesto las cosas, es necesario explicárselo todo; es necesario que esté prevenido por si el rey ha sospechado é insiste. Es necesario que esta noche en mi mismo cuarto le vea yo, y para ello voy á escribirle.
—Pero Clara, ¿tienes tú seguridad de ese hombre?—dijo la reina asustada por la violenta salida de doña Clara.
—El no abusará ni de mi carta ni de mi cita. Y adiós, señora, adiós, necesito prepararme.
Y doña Clara salió sin esperar la respuesta de la reina.
—Señora condesa—dijo la joven al pasar por la antecámara, deteniéndose delante de la de Lemos—, hacedme la merced de que sepa don Francisco de Quevedo, que necesito hablarle antes de que salga del alcázar y en mi aposento. ¿Me lo prometéis?
—Os lo prometo, amiga mía, y os aseguro que don Francisco os verá.