—¡Yo... misma...!—contestó con altivez la de Lemos.

—Menos arriesgado es esto que lo que queríais hacer por vengaros de don Rodrigo.

—Pero tengo mis razones... no quiero mezclarme para nada en estos negocios directamente...

—Pero hay un medio. Ponéos un manto, tomad una litera, id por el postigo de la casa del duque, que da á sus habitaciones.

—Peor aún: ¿qué dirá quien me abra ese postigo, al verme entrar en casa de mi padre de una manera tan misteriosa?

—El que os reciba, nada os dirá... no se meterá en si vais encubierta ó no. Dad tres golpes fuertes sobre el postigo: cuando le abran, que será al instante, entregad al criado que se os presentará, esa carta para que lea su sobre. El criado os devolverá la carta, y os llevará al despacho de vuestro padre, que al punto irá á encontraros.

—Pero habré de darme á conocer á mi padre, me preguntará...

—De ningún modo; si vos no queréis descubriros, vuestro padre no os pedirá que os descubráis, y podéis haceros desconocer de él y salir sin hablar una palabra, tan encubierta como habéis entrado. Pero en cambio, vos, á quien únicamente interesa este negocio, estaréis segura de que la carta ha ido á dar en las manos de vuestro padre.

—¡Iré!—dijo con resolución la de Lemos, después de un momento de silencio.

—Pues si habéis de ir, que sea al punto.