—Sí, sí; os agradezco en el alma lo que por mí hacéis, y voy á mandar que pongan una litera.
—Procurad que los mismos mozos que conduzcan la litera, no puedan conoceros.
—¡Oh, por supuesto! Adiós, doña Juana; adiós, y hasta después.
—Id con Dios, doña Catalina. Y... oíd: hacedme la merced de decir á doña Beatriz de Zúñiga que entre.
—No quiere quedarse sola—murmuró la joven saliendo—; ¿qué misterio será éste?
Y llegando en la antecámara á una hermosa joven que, acompañada de otras tres reía y charlaba, la dijo:
—Doña Beatriz, la señora camarera mayor, os llama.
La joven compuso su semblante dándole cierto aire de gravedad, y entró en la cámara de la reina, al mismo tiempo que la condesa abría la puerta de la antecámara y desembocaba por la portería de damas.