Y esta conciencia íntima era la que hablaba al rey cuando se dirigía del cuarto de la reina al suyo por el pasadizo oculto.
Cuando entró en su dormitorio cerró cuidadosamente la puerta secreta, y se encaminó con paso majestuoso á su cámara.
Llamó, y mandó que en llegando don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, etc., le introdujeran.
En seguida se sentó junto á la mesa, y abrió su libro de devociones.
No tardó mucho un gentilhombre en decir á la puerta de la cámara:
—Señor: don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, señor de la Torre de Juan Abad.
—Y pobre—dijo entrando en la real cámara Quevedo.
Se detuvo el gentilhombre y Quevedo adelantó.
El rey seguía leyendo, como si no hubiera visto á Quevedo.
Este llegó junto al rey, y se arrodilló.