—Sacra, católica, majestad—dijo con voz hueca y vibrante.
Volvió el rey la cabeza, miró con suma majestad á Quevedo, y le presentó la mano.
Quevedo la besó respetuosamente.
—Alzad, don Francisco—dijo el rey.
Quevedo se puso de pie.
El rey esperaba á que Quevedo hablase, pero Quevedo se mantuvo mudo é inmóvil como una estatua, pero con la mirada fría y fija en el rey.
El rey se sentía mal ante aquella mirada, vista por aquellas antiparras.
—¿En qué pensáis, don Francisco?—dijo el rey por decir algo.
—Estoy contemplando á la monarquía, señor—contestó Quevedo—; contemplando en vuestra majestad á la gran monarquía española en ropilla.
Frunció el rey el entrecejo.