—Explicáos...

—He estado preso en San Marcos.

—¡Ah! ¿habéis estado preso?

—Sí, señor.

—¿Qué delito cometísteis?

—El ser ciego y no andar con palo; me dí con una esquina en las narices.

—Dicen que sois hombre de ingenio.

—Eso he oído decir; pero acontéceme, señor, que ahora que estoy hablando con vuestra majestad, no me le hallo; si alguna vez tuve ingenio me lo han robado.

—Dijéronme que os era urgentísimo hablarme.

—Y tan urgente, señor, que solamente con veros se me ha pasado la urgencia.