—¡Pero si no me habéis contado nada!
—Si vuestra majestad quiere contaré las palabras.
—¡Don Francisco!—exclamó con irritación el rey.
—¡Señor!—contestó Quevedo inclinándose profundamente.
—¿No tenéis nada de qué quejaros?
—Quéjome de mi fortuna.
—¿Ni nada tenéis que pedir?
—Sí, por cierto, señor; todos los días pido á Dios paciencia.
El rey se calló y abrió de nuevo su devocionario.
Quevedo permaneció inmóvil con el sombrero echado al costado derecho y la mano izquierda puesta sobre los gavilanes de la espada.