Esta situación duró algún tiempo.

—Permita Dios que se duerma—dijo Quevedo para sí—, no sé ya qué decir á su majestad... y es necesario que la reina se prepare... en mi vida ni en muerte, espero verme en tanto apuro. ¡Gran rey el nuestro! por menos de lo que yo estoy haciendo azotan á otros.

—¡Aún estáis ahí!—dijo el rey levantando del libro los ojos.

—Esperaba, señor, que me mandárais irme.

—Pues idos enhoramala—dijo el rey, y volvió á su lectura.

—Aún es pronto—dijo Quevedo—; todo se reduce á que este imbécil se acuerde de que es rey y me encierre. Espérome.

Pasó otro gran rato: el rey murmurando sus devociones, Quevedo inmóvil delante de él.

Había bien pasado una hora desde que el rey recibió á Quevedo.

Levantó otra vez los ojos del libro, y exclamó:

—¡Por San Lorenzo! ¿no os dije que os fuérais?