—¿En la de anoche?...
—Sí, frente á aquellas escaleras.
—¡Ah! ¡frente á las escaleras aquellas! no he de perderme con tales señas. Quedad con dios, señora mía, y tratadme bien el alma, que con vos se queda.
—¡Ay, que os lleváis la mía! Adiós.
La condesa sacó una mano por la abertura de las maderas, y Quevedo la besó suspirando.
—Adiós—dijo, y se alejó.
La reja se cerró silenciosamente.
Poco después Quevedo llamaba á la puerta del aposento de doña Clara.
Aquella puerta se abrió al momento.
Encontró á doña Clara sobreexcitada, encendida, inquieta, con la mirada vaga, con todas las señales de una inquietud cruel.