—Vos lo sabéis todo, don Francisco—dijo la joven con anhelo.

—Lo sé, señora, y lo sé tanto, como que aún estoy dudando de ello.

—No os pregunto cómo lo sabéis, no tengo tiempo para nada, ni cabeza; me estoy muriendo; sobre mí vienen...

—Las culpas ajenas os premian.

—¿Qué decís?

—¡Si le amáis!

—¡Dios mío! pero... yo hubiera vencido esta afición...

—¿Y á qué vencerla?

—¿Podéis ver esta noche á vuestro amigo?

—¿A Juan?