—Sí—contestó con esfuerzo doña Clara.

—Lo veré, si vos queréis.

—¿Sabéis dónde está?

—Está donde le han arrojado vuestros desdenes.

—¿Y le sacarán de allí mis favores?

—¡Oh! vos, señora, podéis sacar un alma en pena del purgatorio.

—Bien sabe Dios que me sacrifico por su majestad.

—O no os conocéis, ó no me conocéis, señora—dijo gravemente Quevedo.

—No os entiendo, don Francisco.

—Estáis desconfiando de vos misma, y desconfiáis de mí; vos, señora, sois una valiente, una generosa, una noble joven; vuestra alma es toda caridad; os sacrificáis por una mártir; dobláis vuestro orgullo de mujer, exponéis vuestro corazón, arrostráis la cólera de vuestro padre; Dios os premiará, yo os reverencio y os admiro.