—¡Engañando!
—Sí, por cierto; la tengo escondida en mi chiribitil, en el agujero de lechuzas, que me sirve de habitación hace treinta años.
—¿Y por qué la engañáis?
—Si no fuera por sus celos, ella no hubiera venido; la he asegurado de que vería entrar á su amante en el aposento de doña Clara Soldevilla.
—¡Su amante! ¿y quién es su amante?
—El señor capitán don Juan Girón y Velasco.
—¡Ah, ese joven!—exclamó con un acento singular el religioso.
—Aquí hay una escalera—dijo el bufón—, y no hubiera querido traeros por estos polvorientos escondrijos, pero vos habéis deseado conocerla... asíos á las faldas de mi ropilla.
Empezaron á subir.
—¿Sabéis—dijo el bufón—que hay esta noche gente sospechosa en palacio?