—Es verdad—dijo el padre Aliaga—; vos no os llamáis Margarita, pero ese mismo nombre tenía una infeliz á quien os parecéis como vos misma cuando os miráis al espejo. ¡Oh Dios mío, qué semejanza tan extraordinaria!

—Miren qué casualidad—dijo el bufón—, que tú, hija mía, hayas querido venir al alcázar, que el reverendo fray Luis de Aliaga haya querido venir á mi aposento, y que este santo varón encuentre en ti una absoluta semejanza con otra persona.

La Dorotea miraba fijamente al padre Aliaga.

—¡No me conocíais! ¡No me habéis visto antes de ahora!—dijo la Dorotea, que comprendía en la mirada del fraile, fija en ella, algo de espanto, mucho de anhelo y muchísimo de afecto.

El bufón se anticipó al padre Aliaga.

—No, hija mía, no; este respetable religioso no te conocía ni de nombre.

—Me estáis engañando—dijo de una manera sumamente seria la Dorotea.

—No, hija mía, no—dijo el padre Aliaga—; pero me extraña ver en el aposento del tío Manolillo, y á estas horas, una mujer tal como vos.

La Dorotea sacó su labio inferior en un gracioso mohín, que tanto expresaba fastidio como desdén, por la observación de fray Luis.

—¿Os une algún parentesco con esta joven, Manuel?