—Es verdad.

—¿Y dónde está mi madre?—preguntó juntando sus manos y con voz anhelante Dorotea.

—¡En el cielo!—contestó con voz ronca el bufón.

—¡Ah!—exclamó la Dorotea.

Y dejó caer la cabeza, y guardó por algunos segundos silencio.

Luego dijo con doble anhelo:

—¡Pero mi padre!...

—¡Tu padre!...—dijo el bufón—¿quién sabe lo que ha sido de tu padre?

—Sentáos, hija mía, sentáos y escuchadme—dijo el padre Aliaga.

Dorotea se sentó, y esperó en silencio y con ansiedad á que hablase el padre Aliaga, que se sentó á su vez en el sillón aquel que en otros tiempos había servido al padre Chaves para confesar á Felipe II.