—No os habéis equivocado, hija mía—dijo el confesor de Felipe III—; se os ha traído aquí con engaño... mi carácter de religioso me vedaba entrar en vuestra casa.
—El engaño, sin embargo, ha sido cruel. Sin él hubiera yo venido... pero ya está hecho; continuad, señor, continuad; os escucho.
—Os encontráis en unas circunstancias gravísimas. Lo que voy á deciros, debéis olvidarlo; debéis olvidar que os habla el inquisidor general.
—¡Dios mío!—exclamó la joven poniéndose de pie, pálida y aterrada.
—Nada temáis; el inquisidor general, tratándose de vos, y por ahora, ni ve, ni oye, ni siente; más claro: en estos momentos no soy para vos más que el hermano adoptivo de vuestra madre.
—¡Dios mío!—repitió Dorotea juntando las manos.
—Yo amé mucho á vuestra madre... no he podido olvidarla aún... la robó un infame de la casa de sus padres... yo fuí el último de la familia que escuchó su voz... Después... no la he vuelto á ver... pero la estoy viendo en vos... en vos, que sois su semejanza perfecta.
—Creo que me parezco tanto á mi madre en la figura como en la suerte.
—De vuestra suerte nos importa hablar. Estáis acusada á la Inquisición.
—¡Acusada á la Inquisición!—exclamó el tío Manolillo poniéndose delante de la joven como para defenderla—; ¡acusada á la Inquisición! ¿y por qué?