Se abrió la puerta y salió el cocinero; tras él, dos hombres que conducían, puesto sobre dos palos, un bulto al parecer pesado, y luego dos soldados de la guardia española, á juzgar por sus armas y por sus coletos rojos.
El cocinero mayor volvió á cerrar la puerta.
Él y los cuatro hombres se alejaron.
Iba á seguirlos el bufón, cuando sintió pasos tras sí á muy poca distancia.
Embebióse más en la puerta, y desenvainó su puñal.
—Cosme, hijo, síguelos—dijo una voz muy conocida del tío Manolillo—; yo me quedo aquí; abajo en la plaza están los otros; quitadle lo que lleve, y que no se diga que os ponen miedo esos fanfarrones de los coletos encarnados.
Alejáronse los pasos, y se perdió la voz á lo largo de los estrechos corredores.
—¡El sargento mayor don Juan de Guzmán!—dijo el tío Manolillo—. Van por la crujía larga; rodeando yo por la derecha, les gano la delantera; para algo estaban aquí estos bribones; no me había yo engañado; pues bien: veamos qué es esto... pero ¿y Dorotea?... no importa... yo volveré.
Y luego se oyeron los rápidos pasos del bufón.
Si hubiera seguido tras el sargento mayor, se hubiera visto obligado á pasar por la puerta de su aposento.