—Para hacer una justicia, cuando ni el rey ni el duque de Lerma piensan hacerla.
—¿Y cómo he podido yo estorbar?...
—Desde esta mañana hasta que vinísteis á palacio, no os habéis descosido del ajusticiado.
—¡Ah! ¿se trata?...
—Del señor Juan Montiño; y en matarle, no sólo se venga á don Rodrigo Calderón, sino también á vos.
—Explicadme cómo se me venga matando á ese caballero.
—Ese caballero se ha burlado de vos.
—¿De mi?
—Sí por cierto: cuando os enamoró estaba ya enamorado.
—¿De quién?—exclamó todo afán Dorotea.