DE CÓMO EL DIABLO IBA ENREDANDO CADA VEZ MÁS LOS SUCESOS

La joven permanecía aún inmóvil en el lugar donde la había dejado el tío Manolillo, y continuaba llorando.

—¿Quién había de decirme—murmuró roncamente el sargento mayor—, la noche en que no sé quién me quitó esta muchacha recién nacida, que había de llegar un momento en que nos sirviese de mucho?

Siguió Guzmán contemplando por algún tiempo y de una manera profunda á la joven, y al cabo dijo:

—Bien empleado os está lo que sufrís; ¿quién os manda fiaros del primero que llega?

Levantó la cabeza la Dorotea, y al ver al sargento mayor, dijo con desprecio:

—¿Quién os ha llamado? Idos.

—No necesita que le llaméis quien os sigue ansioso todo el día, deseando encontraros sola. ¡Pero ya se ve! no sólo no habéis estado sola, sino que habéis servido de estorbo.

Una vaga sospecha pasó por el pensamiento de la Dorotea.

—¿Y para qué he podido yo serviros de estorbo?