—Pues venid.

—Juradme que esto no es un lazo que me tendéis.

—¿No os tengo aquí sola?

—Es verdad.

—Además, que vos sois preciosa para don Rodrigo; vos habéis abierto la herida y vos la cerraréis. Vamos, pues; no perdamos el tiempo y entre sin que le veamos.

—¿Y le podré ver sin ser vista?

—En esta parte, decuidad.

Dorotea se levantó, se arregló el manto y siguió á Guzmán.

Este abrió de nuevo con la llave maestra la puerta, y sin cuidarse de cerrarla, llevó á obscuras á la Dorotea á la galería, á donde daba la puerta del aposento de doña Clara.

—Aquí es—dijo el sargento mayor.