—¿Y la puerta por donde ha de entrar?

—Esta.

—No se oye nada.

—Esperan, sin duda.

—¡Oh! ¿y por qué no llamar? ¿por qué no entrar?

—Pero ¿estáis loca?

—Tenéis razón... no sé lo que pienso ni lo que digo.

—Venid; frente á esta puerta hay el hueco de unas escaleras; ocultos bajo ellas podremos esperar sin que nadie, aunque traiga luz, nos vea.

Guzmán y la comedianta se pusieron en acecho bajo las mismas escaleras donde la noche antes había ocultado Quevedo á la condesa de Lemos, para que no la vieran los tudescos.

CAPÍTULO XXXVIII