Amigo Velludo, como nosotros somos dos, la jugaremos.
—¡Jugarme! ¿y quién os ha dicho que yo quiero que me juguéis?
—Vamos, pues tú puedes evitar que lo echemos á la suerte—dijo el alférez—; ¿cuál de nosotros dos te gusta más?
—Ninguno—dijo la muchacha.
—¡Ah! pues entonces jugaremos.
—¿Y qué vamos á jugar?
—El derecho exclusivo de hacerla el amor, y el regalo para que se ablande.
—Vaya, vuesas mercedes están muy divertidos—dijo la muchacha poniéndose encendida como una amapola.
—¡Ah!—dijo el alférez—, ¿todavía tienes vergüenza? cosa rara estando sirviendo en esta casa y siendo tan bonita.
—¿Quieren vuesas mercedes algo más que les sirva?