—Nada más.

—Pues que Dios guarde á vuesas mercedes.

Y la muchacha salió.

—Amigo Velludo, no juguemos—dijo el alférez.

—¿Por qué?

—Esta muchacha es honrada y quería bendiciones.

—Bendígala Dios, y paso.

—Hablemos de nuestro amigo, ya que hemos quedado solos.

Y se pusieron á charlar y á aventurar deducciones.

En otro aposento cerrado, dentro de otro aposento cerrado también, en un lugar en donde de nadie podían ser oídos, estaban mano á mano, sentados en una mesa, Juan Montiño y su supuesto tío.