—Sobre aquella mesa, en vez de manjares, había un cofre de hierro, como de pie y medio de largo, y un pie de alto y ancho.
A pesar de que el tiempo no era caluroso, el cocinero mayor sudaba hilo á hilo.
Estaba jadeante, pálido, desencajados los ojos, tembloroso.
Juan le miraba con sumo interés; más que con interés, con cuidado.
Temía que Montiño se hubiese vuelto loco.
—¿Pero qué os sucede, tío?
—En primer lugar—dijo el cocinero mayor—, no me llaméis tío: yo no lo puedo consentir: he obedecido y he callado; pero me falta ya la resistencia á fuerza de desgracias y no me callo ni obedezco más. Yo no soy vuestro tío.
—¿Qué estáis diciendo?
—La verdad.
—Pues si no sois mi tío, no sois hermano de mi padre.