Abiertas éstas, se halló un riquísimo y completo aderezo de dama, de perlas preciosas, y multitud de alhajas de hombre; joyeles para el sombrero, herretes para la ropilla, sartas de perlas para las cuchilladas, rosetas para los talabartes, cadenas, sortijas, una placa de Santiago, una empuñadura de espada de corte, desarmada, y conteras para la misma; todo de oro y pedrería, y de pedrería de gran valor.
A la vista de aquel tesoro, relucieron los ojos del cocinero mayor, le acometió un vértigo, y se asió á la mesa con ambas manos para no caer.
—¡Oh! ¡si todo esto fuera mío!—exclamó olvidado de que le escuchaba el joven.
Este por su parte no le oyó, porque su interés estaba vivamente excitado.
Pero en la expresión de su semblante se comprendía que no era la codicia la causa de aquel interés.
—Veamos esos papeles—dijo Juan—ya que habéis abierto ese cofre, á fin de que sepamos á quién pertenece esto.
—Sí, veámoslo, señor, veámoslo—dijo maquinalmente el cocinero mayor.
Cortó Montiño las cintas que ataban los papeles, y cayeron sobre la mesa.
Tomó uno á la ventura y leyó:
Era una partida de bautismo librada por Pedro Martínez Montiño y testimoniada por el escribano Gabriel Pérez.