En vez de mostrarse alegre se mostraba contrariado, y se veía temblar la cólera bajo su semblante.
Recogió los papeles, los guardó cuidadosamente en lo interior de su ropilla y en sus bolsillos el aderezo de su madre.
Luego dijo levantando los ojos hacia el cocinero mayor:
—Señor Francisco Montiño, me pesa mucho el no poder seguir llamándoos tío; pero no lo sois y me veo obligado á tener paciencia.
—¡Obligado á tener paciencia, Dios de bondad, y os encontráis casi un príncipe!
—Hacedme la merced de meter eso otra vez en ese cofre, de cerrarlo y de llevároslo.
—¿Y si me lo roban, señor?
—¡Eh! ¡Si os lo roban, qué importa! ¡Adiós!
—Pero...
—Adiós, ya os veré.