Y don Juan salió.
—¡Pero está loco, Dios mío!—dijo el cocinero mayor guardando todo aquello con precipitación, como si hubiera temido que se lo robasen las paredes—. ¡Y marcharse sin que yo haya podido decirle el apuro en que me encuentro con el inquisidor general... mis negros, mis terribles apuros! ¡Vive Dios que se conoce en él la sangre de los Girones!... Y al fin me servirá de mucho... me vengará ahora mucho mejor que antes, porque al fin él me ha dicho que siente mucho no poder seguir llamándome su tío. Me parece que puedo dejar esperar sin peligro al inquisidor general.
Entre tanto el cocinero mayor había metido en el cofre su contenido, le había cerrado y metióse cuidadosamente la llave en el bolsillo.
—¡Eh, hostelero!—dijo llamando; y cuando apareció éste añadió—: decid á los dos lacayos y á los dos soldados que están abajo que suban.
Cuando hubieron subido, el cocinero hizo cargar de nuevo á los lacayos con el cofre y salió.
Al llegar á la puerta, el hostelero le dijo con la gorra en la mano:
—¿Y el gasto, señor?
—¡Cómo! ¿No han pagado?—dijo el cocinero deteniéndose con sobresalto.
—Esos caballeros se han marchado sin pedirme la cuenta, y como arriba quedábais vos...
—¿Y cuánto es la cuenta?—dijo todo turbado el señor Francisco.