—Sé que por meterse en oficios de dueña, y por el pecado de torpe, anda por esas tierras desterrado el conde de Lemos, mi señor.
—¡Pero vos lo sabéis todo!¡acabáis de llegar!...
—Súpelo en San Marcos, y fué un día grande para mí; el único de grandeza que conozco al rey Felipe III; como que desterraba de la corte á vuestro marido, y á mí me permitía venir á enterrarme en ella, ó mejor dicho, á enojarme.
—¡A enojaros!
—Sí por cierto, á enojarme en vuestros ojos.
—¡Ah, don Francisco!, el amor debía tener un decálogo.
—¡Torpe soy!
—¿Vos torpe?
—¡Si no os entiendo!, á no ser que el decálogo del amor empezase de esta manera: el primero, amar á la condesa de Lemos sobre todas las cosas.
—Bien decís que sois torpe; el decálogo del amor debía decir: el segundo no galantear en vano.