—Porque sé que en vanísimo enamoro, digo que viniendo á la corte, me entierro. Pero del mal el menos; viniendo vos sola, no temo que nadie pise mi alma en su sepultura.
—Acabaréis por enfadarme, don Francisco—dijo con seriedad la condesa.
—¿Enfadaros, vos, cuando yo estoy alegre? ¿nublaros cuando yo amanezco?
—¿Es decir, que os alegráis de mi abandono?
—¡Alégrome de vuestra resurrección!
—Es que yo no me he muerto.
—Os enterraron en el matrimonio, poniéndoos por mortaja al conde de Lemos. ¿Cómo queréis que no me alegre, cuando os desamortajan y os desentierran? ¿Cómo queréis que no exclame?
| Conde que te has condenado, |
| porque pecar no has sabido: |
| bien casado, mal marido, |
| ¡guárdete Dios, desterrado! |
—¡Sois terrible!—exclamó riendo la condesa.
—Perdonadme, pero de tal modo me han hecho vomitar versos en San Marcos, que aún me duran las ansias; donde piso, dejo sátiras; de donde escupo, saltan romances; donde llega mi aliento, se clavan letrillas. Pero prometo, á fe de Quevedo, no volver á hablaros sino en lisa prosa castellana.