—Pues guiadme vos.

—Y vos llevadme, si hemos de andar de prisa.

Y Quevedo se asió al brazo de don Juan, y en silencio entrambos, porque el joven estaba más para pensar que para hablar, y Quevedo más que para andar y hablar para dormir, tomaron el camino del alcázar.

Don Francisco se fué derecho, como quien tanto conocía el alcázar, al postigo de los Infantes y llamó.

Al primer llamamiento nadie contestó.

—¿Qué es esto?—dijo don Juan—, ¿nos habremos equivocado de puerta ó se habrá arrepentido doña Clara?

—No; sino que aquí también hace sueño, ¡ya se ve! ¡es tan tarde!

Y Quevedo bostezó y llamó por segunda vez.

—¿Quién llama?—dijo tras el postigo una soñolienta voz de mujer.

—¿No os lo dije? dormían—contestó Quevedo—; ¿pero qué hacéis que no contestáis?