—¿Quién es?—dijo la voz de adentro más despierta.
—El capitán Juan Montiño—contestó don Juan.
Rechinaron los cerrojos del postigo, que se abrió á medias.
—Entrad—dijo la mujer.
Y cuando don Juan hubo entrado, el postigo volvió á cerrarse.
—Esperad—dijo Quevedo conteniendo con la mano el postigo—; aún queda uno, digo, si no es que yo sobro, que me alegraría.
—¿Sois don Francisco de Quevedo y Villegas?
—Créolo así.
—Entrad, pues, y en entrando oíd lo que habéis de hacer—dijo la joven, que joven era á juzgar por la voz la que hablaba, y cerró la puerta quedando los tres en un espacio obscuro.
—¿Os han dado algún mandato para mí?—dijo Quevedo.