—Mi señora me ha dicho que su majestad os está esperando, que vayáis á su cuarto y os hagáis anunciar por la servidumbre.
—De las dos majestades, ¿cuál me espera?
—Su majestad el rey.
—¡Ah! pues corro—dijo Quevedo permitiéndose una licenciosa suposición de ligereza.
—¿Sabéis el camino?
—Aprendíle ha rato.
—Pues id con Dios.
—Guárdeos él y á vos, amigo don Juan.
—¡Ah! don Francisco, esta es la primera aventura que me hace temblar.
—No digáis eso, que al conoceros medroso, pudiera tener miedo vuestra guía y equivocar el camino. Tengo para mí que os deben llevar por la derecha.