—Y vos debéis iros por la izquierda—dijo la mujer.
—Bien me lo sé.
—Adiós.
—Adiós.
Y se oyeron los tardos pasos de Quevedo que se alejaba.
—¿Dónde estáis, caballero?—dijo la joven que había abierto el postigo.
—Junto á vos, á lo que parece—contestó don Juan.
—Dadme la mano que os guíe.
Diósela el joven, y por su tacto, ni áspero ni suave, comprendió que se trataba de una medio criada, medio doncella.
Llevóle ésta por unas escaleras, luego por una galería, y al fin se detuvo, sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta, se vió al fondo de su habitación el reflejo de la luz que alumbraba á otra, y la sirviente dijo al joven: