—Luego; después de las bendiciones, á solas con vos.
—Doña Clara, yo os amo; sois lo único á que aspiro; ser vuestro y que vos seáis mía, es una gloria que me enloquece... pero noto en vos no sé qué de terrible, de violento. ¿Os obligan á que os caséis conmigo?
—Sí por cierto, me obliga mi corazón.
—¡Vuestro corazón! habéis pronunciado de tal manera esas palabras, que me espantan; no, vos no me amáis...
—¿Quién sabe?
—Si me amárais pronunciaríais ese ¿quién sabe? con menos amargura... ¿qué digo con menos?... lo pronunciaríais con el alma, que asomaría á vuestro acento y á vuestro rostro por más que lo quisiérais ocultar.
—¿Y qué no asoma?
—Despechada y amarga, que enamorada y contenta no.
—¿Pero á qué esta disputa? ¿no queréis casaros conmigo?
—He querido y quiero... pero según os veo... me niego...