—Son las tres de la mañana, señor—dijo el ayuda de cámara.
—¡Ah! ¡son las tres de la mañana!—dijo el rey bostezando y poniéndose la mano á manera de pantalla, para mirar á Quevedo, sin que le ofendiese la luz de la lámpara—; ¿quién es ese?—añadió después de haber bostezado otras tres veces y de haber mirado durante tres minutos á Quevedo, que estaba tieso é inmóvil delante del lecho real.
—Es don Francisco de Quevedo y Villegas, señor—dijo el ayuda de cámara.
—¡Ah! pues creo, Dios me perdone, que estamos perseguido por don Francisco.
—Perdóneme vuestra majestad, señor—dijo Quevedo con voz campanuda y vibrante—; yo he sido llamado; que si llamado no fuera, no aportara yo en todos los años de mi vida por vuestra cámara.
—¡Ah! es verdad... ahora recuerdo; sólo que no recuerdo para lo que os he llamado... os necesitaba para algo.
Quevedo no contestó.
—¿Sabéis que tengo frío, don Francisco?—dijo el rey.
—Andan los tiempos muy crudos, señor—contestó Quevedo.
—Efectivamente, han dado en decir de estos tiempos que si son crudos, que si son cocidos. ¿Sabéis si se guisa algo bueno por el alcázar?