—No, señor; no me he dado á lo cocinero, y aunque lo fuese, hace mucho tiempo que el alcázar no es cacerola mía.

—¡Ah! pues en la tal cacerola, hierve por un lado y por otro hiela. Y hace frío, sí, señor, hace frío. Hacedme la merced, don Francisco, de llamar.

Quevedo fué á una puerta y dijo:

—Su majestad llama.

—Oye, Sarmiento—dijo el rey—; ponme detrás dos almohadones, á fin de que pueda recostarme, y el gabán de pieles.

Sirvió el ayuda de cámara al rey y éste le despidió.

Felipe III se quedó sentado en la cama, recostado sobre los almohadones y envuelto en el gabán.

—Os aseguro, don Francisco—dijo el rey bostezando de nuevo y haciendo la señal de la cruz sobre el bostezo—, que estoy pasando una mala noche.

—No la paso yo mejor—dijo Quevedo.

—Vos os divertís; yo me fastidio.