—Pues os doy la diversión por dos blancas.
—Os juro que no puedo dormir.
—Y yo os afirmo, señor, que no puedo acostarme.
—Yo os había llamado para algo.
—Yo creía que para algo era venido.
—Y es que no me acuerdo... ¿podéis vos adivinar?...
—¡Cómo! ¡señor! yo no me atrevo á penetrar en la alta voluntad de un rey tan grande como vuestra majestad—dijo Quevedo inclinándose profundamente.
—Pues mirad, don Francisco, hay ocasiones en que yo tengo que tragarme mi voluntad.
—Y yo con mucha frecuencia las palabras.
—¿Y no se os ocurre para qué os podría necesitar yo?