—Creo que soy demasiado humilde para que haya vuestra majestad necesidad de mí.
—¡Ah! ya recuerdo... recuerdo que tenía que preguntaros algo. ¿No tenéis nada que decirme?
—Que Dios prospere á vuestra majestad, y le dé centuplicados reinos.
—Paréceme que los que tengo me sobran... pero ayudadme, don Francisco.
—¿Y á qué, señor?...
—A que saquemos en claro para qué os he llamado yo.
—¿Apostamos—dijo para sí Quevedo—á que el rey se está vengando de mí por lo de esta mañana? pues aguarda. Yo creo, señor—dijo en voz alta—, que me habéis llamado para entretener la vela; es decir, que me usáis como á libro malo que sólo se busca para llamar al sueño: si quiere vuestra majestad, convertiréme en libro, y contaré á vuestra majestad un cuento.
—No tal, ni por pienso—dijo el rey—, porque vuestros cuentos no los entiendo yo. Hablemos de otra cosa. ¿Qué me decís de vuestro duque de Osuna?
—Que no es mío.
—¡Ah! pues por vuestro os le dan.