—Lo entiendo menos.
—De un rizo...
—Continúo á obscuras...
—De unas estocadas...
—Ni aun con la lengua las doy hace un siglo.
—Pues señor—dijo el rey—, ahora veo que no os he llamado para nada.
—Me ha llamado, indudablemente, vuestra majestad, para que venga.
—Y siendo venido para que os vayáis.
Y el rey bostezó más profundamente, se escurrió á lo largo de las almohadas y se rebujó.
—Dios dé á vuestra majestad muy buenas noches—dijo Quevedo.