El rey no le contestó: se había dormido.
Quevedo dió media vuelta y salió vivamente contrariado.
—¿Y qué debo yo hacer ahora?—dijo cuando se vió en la galería—. ¿Irme ó quedarme? y si me quedo, ¿dónde me quedo? ¿Y qué habrá querido decirme el rey? Cuando los mentecatos pretenden hacerse graves, ¿quién los entiende? ¿Si su majestad querrá dar al traste con Lerma y servirse de Osuna? ¡Que hable claro su majestad, que no soy yo hombre que sirve para catas, ni para ser traído y llevado? debe de andar la reina... Si yo pudiese ver á la reina... ¡Vamos! lo mejor será no pensar en ello: lo que fuere, sonará.
Y siguió adelante, pero con paso vago, como de quien no sabe á dónde va.
—¡Eh, caballero!—le dijo una voz de mujer al pasar junto á la puerta.
—Hábito llevo—dijo don Francisco—; conque bien puedo responder aunque á pie me hallo. ¿Qué se os ocurre, señora?
—Mi señora os llama.
—¿Y quién es vuestra señora?
—La señora condesa de Lemos.
—¡Ah! pues sed mi estrella.